domingo, 25 de enero de 2015

Venenos cotidianos

Están cerca de cumplirse los dos meses de una de las etapas más interesantes de mi vida. El mes de enero ha sido, además de agotador en muchos niveles, sumamente enriquecedor. Tengo la sensación de haber abierto la caja de Pandora con todo lo que he leído y descubierto en relación a la alimentación, y lo cierto es que por una parte me abruma bastante la desinformación en la que la mayoría de la población vive - ya que no se enseñan estas cosas en el colegio, y sólo se puede acceder a ciertos datos si los buscas porque tienes interés en ello - y sobre todo la manipulación tan feroz que existe para que todo siga exactamente igual; y por otro lado me encanta, porque a pesar de todo no hay nada como conocer la verdad de la realidad tan disfrazada que nos presentan.

Intentaré hablar próximamente de todos esos descubrimientos. Por lo pronto, os voy a presentar dos libros que tengo en mi poder desde que comenzó el año. Se trata de Los aditivos alimentarios, de Corinne Gouget (Ediciones Obelisco), y de la Guía completa de aditivos alimentarios, de Manuel Núñez y Claudina Navarro (RBA). 

Primero adquirí el de Corinne Gouget, una guía bastante manejable para poder llevar en el bolso cuando vas a hacer la compra. La autora elabora en tablas la relación de la mayoría de aditivos alimentarios que existen hoy en día, y con un código de colores expone cuáles a día de hoy se consideran inofensivos (verde), cuáles hay que intentar evitar (amarillo) y cuáles conviene rechazar absolutamente (rojo). 

Destacaré el hecho de que yo nunca me había parado a pensar en los aditivos alimentarios. Daba por hecho que vivo en una sociedad con sentido común en la que puedo sentirme protegida por la ley y por las industrias respetuosas con la salud humana. Ahora leo estos pensamientos que hace un mes me acompañaban y raro es si no estallo en carcajadas. He ahí la caja de Pandora.

Las primeras reacciones que experimentas cuando empiezas a darte cuenta de que nos envenenan y de que no pasa absolutamente nada son:
  1. Alarma. -> ¿En serio me lo estás contando?
  2. Escepticismo. -> Estas fuentes no pueden ser fiables...
  3. Desconcierto. -> Las fuentes son fiables... pero entonces... ¿es que estamos locos?
  4. Rabia. -> ¡Cómo pueden ser tan hijos de...!
  5. Deseo de compartir la información y de comer de la manera más sana y natural posible. -> Búsqueda a modo de juego de los aditivos alimentarios de los alimentos, eliminación paulatina de todos los venenos de la despensa de casa y divulgación en el blog de la información adquirida.
Pues bien. Después de pasar por todas estas fases, os daré los nombres de los principales - aunque no únicos, ojalá... - venenos que comemos todos los días sin darnos cuenta y que pueden acabar matándonos - y lo hacen a base de cáncer, diabetes, obesidad, etc. - para que, si lo deseáis, leáis sobre ellos en libros, webs, etc. La idea de esta entrada es sobre todo dar a conocer la existencia de estas sustancias tóxicas para que todos aquellos que piensen que están seguros comiendo lo que llevan comiendo desde que tienen memoria se lo replanteen y se informen en lo posible. He aquí, pues, los dos aditivos que Corinne Gouget destaca como los más nefastos que podemos ingerir. Por desgracia, no son precisamente "raros".

1. Aspartamo (E-951): Yo no conocía esta sustancia hasta que se puso de moda la dieta Dukan. Entonces todo el mundo empezó a hablar de él porque el famoso doctor francés lo utilizaba como edulcorante. De aquella época provenían los dos botecitos que yo tenía en el armario, porque siempre he preferido endulzar las infusiones con sacarina o algo artificial antes que hacerlo con azúcar - que mira tú por donde, tampoco era buena idea-. Pues bien, la literatura científica acerca del aspartamo es tan amplia que sólo os insto a que, si tenéis aspartamo en casa, lo tiréis directamente a la basura. Y después, ya si eso lo buscáis en Google y termináis de espantaros. Sólo diré que cuando yo me deshice del aspartamo después de haber leído lo que leí, tuve la tentación de coger el bote de plástico con guantes porque sentí que estaba tocando un reactor nuclear. En fin...

2. Glutamato monosódico (E-621): De esta sustancia no había oído hablar en la vida... Y vaya por dónde, la tenemos hasta en la sopa - y no es un decir, porque está presente en la mayoría de sopas de sobre del mercado-. Es un aditivo que se utiliza en tantos productos y con tantos nombres diferentes que es como para tenerle miedo. Para enmascararlo, lo llaman también de forma "inofensiva": aceites o grasas vegetales hidrogenadas, proteínas hidrogenadas, gelatina, caseinatos sódicos o cálcicos, levadura añadida, extracto de levadura, glutamato monopotásico, aceites de maíz... La lista de efectos secundarios es enorme, y del mismo modo os invito a que busquéis y rechacéis aquellos alimentos que lo contienen, y a que busquéis información al respecto para llegar pronto a las fases 4 y 5, y después de la mala leche que se os pondrá, lo compartáis con vuestras familias, amigos y seres queridos.

De ambos puedo deciros que son sustancias neurotóxicas, y según numerosos estudios destruyen neuronas en un corto periodo de tiempo (horas). Haced el favor de eliminarlos de vuestra cocina si no queréis destruir vuestro cerebro.

Después de empezar a zambullirme apenas en la información aportada por el libro de Corinne, quise ampliar lo que sabía y por eso adquirí también la Guía completa de aditivos alimentarios. Quería comparar ambas y ver si Corinne estaba siendo demasiado alarmista. Había algunos aditivos considerados amarillos por Corinne que seguían verdes en la guía, y pocos que de rojos pasaban a ser amarillos. En cualquier caso, los dos de los que os hablo hoy coincidían plenamente.

Espero que los que lleguéis hasta aquí no lleguéis sólo hasta aquí. Buscad información, investigad lo que os venden, descubrid si lo que ingerís es algo que le daríais a alguien a quien queréis y, ante todo, cambiad de alimentación. Vuestra vida está en juego.
 

lunes, 22 de diciembre de 2014

Primeros pasos fuera de casa: comer en un restaurante tradicional siendo vegano

Ayer nos fuimos a pasar el día a Teruel, una ciudad preciosa que recomiendo visitar a todo aquel que no haya ido nunca. El plan era visitar Dinópolis, ya que teníamos unas invitaciones, y luego hacer un poco de turismo y ver el sepulcro de "Los Amantes de Teruel". 

Como cada mañana, antes de salir preparé mi habitual desayuno, que incluye una pieza de fruta, dos rebanadas de pan casero integral con semillas con aceite y tomate triturado y un vaso o bien de alguna infusión dulce o bien de leche de avena con cacao. Empezando así el día me aseguro de no tener hambre hasta la hora de comer.

Viajamos, pues, hacia Teruel, y después de ver fósiles y vídeos de dinosaurios, fuimos al centro de la ciudad para buscar un sitio donde comer. Y yo iba nerviosa, porque estaba claro que encontrar un restaurante vegetariano o vegano iba a ser imposible, y era la primera vez que salía a comer fuera siendo vegana. Encontramos finalmente un sitio que, aunque en todos los platos del menú se incluían productos animales, era relativamente fácil, en mi opinión, pedir que no me los incluyeran. Venían conmigo miembros de mi familia que me dejaron ver los menús de diferentes sitios antes de que me decidiera para ponérmelo más fácil. El hecho de que quienes te acompañen te apoyen y te ayuden a elegir el mejor lugar o la mejor opción es toda una suerte.

Finalmente, después de repasar una y mil veces la carta, decidí hablar directamente con la camarera.
- Buenos días. Disculpe, quería hacerle una pregunta. - le dije, pensando en la cara que me iba a poner a continuación.
- Dígame. - me respondió, solícita.
- Es que verá, soy vegana, y me gustaría saber si puedo elegir del menú dos primeros, en vez de un primero y un segundo, y si puedo cambiar o quitar algún ingrediente de algún plato.

 En ese momento, efectivamente, le cambió la cara. No diré que me miró mal, porque no fue así. Era más bien la cara que te pone alguien cuando le planteas una dificultad. Pero enseguida me respondió.

- Desde luego puede elegir dos primeros, no hay problema. En cuanto a los ingredientes, depende del plato, porque hay algunos que no se pueden quitar... - Cuando me dijo eso pensé en el atún que llevaban los espaguetis con tomate y atún, o en las berenjenas rellenas de carne. Era obvio que parte del esfuerzo iba a ser mío.
 - Vale, muchísimas gracias. Voy a ver si encuentro algo fácil de apañar.

Me sonrió y se fue. Volví a estudiar la carta. Había varias opciones apetecibles. Podía incluso pasar del menú y elegir una parrillada de verduras con alguna ración de patatas o algo así. Pero por alguna razón decidí intentar adaptar los platos del menú que iban a elegir los demás de manera que no fuera imprescindible hacerlos de nuevo, porque seguramente no podría ser. Cuando mi pareja había elegido ya sus platos, me ayudó con los míos, y me dijo cuáles le parecían más fáciles de modificar. 

Y finalmente elegí la misma ensalada que el resto, que llevaba una mezcla de lechugas, frutos secos (pasas y nueces), confitura de tomate y vinagre balsámico. La de los demás incluía también virutas de queso de rulo de cabra, que fue lo que yo eliminé. He de decir que todos nos quedamos absolutamente encantados con esa ensalada. Estaba impresionante... y me propuse aprender a hacer la confitura de tomate en casa, porque le daba un toque maravilloso a todo lo demás.

Como segundo, lo más sencillo era optar por el típico plato de espárragos... eliminando el jamón. Como era un poco triste colocar sólo los espárragos en el plato, el cocinero se esmeró en la ensalada que los acompañaba. Y también estaban de muerte.

De postre, pasé por encima de las cinco opciones de pasteles y tartas y me quedé con la piña natural. Y con las tres cosas acabé súper llena y recargué pilas para el resto de la tarde. A pesar de que me había llevado por si acaso unas nueces y unas mandarinas en el bolso, no hizo falta sacarlas hasta el final del día, cuando ya emprendíamos el camino de regreso. Compartimos las nueces al subir al coche, y al llegar a casa, a mí por lo menos, me costó cenar, porque seguía sin hambre. 

Recuerdo haberme sentido muy feliz cuando salí del restaurante. Era la primera prueba de fuego a la que me enfrentaba y salió todo súper bien... Lo que me hizo pensar que no sería tan difícil las siguientes veces.  Además, me gustó mucho también la actitud de mi familia, al comprenderme y apoyarme en esa primera salida conjunta. En especial la de mi pareja.

Cuando su madre me preguntó, curiosa: "¿y de esto tampoco puedes comer?", él respondió: "no es que no pueda, es que no quiere". Y me miró, sonriendo, como aceptando que así iba a ser siempre. No puedo explicar la inmensa gratitud que sentí.

jueves, 18 de diciembre de 2014

101 Razones para ser Vegano (o sólo cuatro, según se mire...)



Este fue el primer vídeo que vi sobre el veganismo, el mismo día que dejé de comer productos de origen animal. Me pareció una conferencia amena, divertida, que consigue abrir tu mente y hacerte ver la realidad de otra manera. 

Cuando mi madre me preguntó, los días posteriores, "por qué", yo le pasé este enlace y la insté a verlo cuando tuviera un ratito. Quería que me comprendiera un poco mejor, que se diera cuenta de que no es una decisión pasajera, como quien se pone a dieta para perder unos kilos. Le dije que quería que me apoyara, pero sobre todo que me entendiera. Y me parecía especialmente importante que fuera ella la primera en aceptarlo porque tanto ella como mi padre han sido los que me han transmitido ese amor absoluto por los animales. 

Ella tuvo perros de pequeña, y también otro antes de nacer yo, y un poco después. Se llamaba Chiqui, y era un perrito que rescató mi padre de un bar donde lo tenían abandonado y atado al lado de una máquina. Relata que estaba tan sucio que se le pegaban las orejas a la cabeza. Se lo llevó de allí y mi madre lo acogió como a un hijo. Lo bañó, lo limpió, le dio de comer y lo quiso con locura. Se transformó en un perro de una inteligencia tal que podía bajar al parque solo y regresaba a casa pasado un rato, avisando de que llegaba ladrando en el portal. Tantas son las anécdotas que me han contado de Chiqui... Yo llegué a interactuar con él al nacer, pero un autobús lo mató sin que mi madre pudiera evitarlo. Aquello fue muy duro para ella.

Pero después, cuando yo tenía más o menos tres años, vino Ulises. Un precioso gato siamés, enorme, de mirada profunda y elegancia egipcia. Era inteligente y altivo, y crió a su propio hijo, Teo, cuando tres años después vino a casa para alegrarnos todavía más la vida. Ulises y Teo fueron mis gatos desde los tres años hasta los dieciocho. Con ellos aprendí a respetar su espacio, a quererlos como a hermanos, pues no he tenido ninguno y para mí fueron lo más parecido. Y cuando desaparecieron de mi vida porque la muerte se los llevó dejaron tras de sí un vacío que sólo podía llenarse con más amor. Es por ello que yo misma rescaté de la muerte a un precioso gatito de menos de un mes que estaba a punto de morir por una infección en un ojo, huérfano tras perder a su madre en una colonia donde las úlceras estaban diezmando la población gatuna. Zafiro es ahora un gato mimado y maravilloso de siete años de edad que vive como un rey en casa de mis padres. Al independizarme ambos lo pasamos tan mal que no quiero ni recordarlo. Pensaba que creería que lo abandonaba, y aunque se ha acostumbrado a que ya no estoy allí tanto como antes, siempre me recibe dispuesto a jugar. 

Durante este año, harta de la soledad de un hogar que no se podía considerar hogar sin las patitas de un compañero correteando por el pasillo, conseguí convencer a mi pareja para ir a la perrera. No podía tener gatos en casa porque él les tiene alergia, así que decidí que aprenderíamos juntos a convivir con un perro. 

La noche del 29 de mayo de 2014 no pude dormir nada. Íbamos a ir aquella mañana a rescatar a un peludo que compartiría el resto de su vida con nosotros y estaba tan nerviosa, feliz e impaciente que no podía pensar en otra cosa que en cómo sería, si sería fácil elegir de entre tantos... Y por fin llegó el momento.

Enya se subió a la valla que la separaba de nosotros en cuanto pasamos por delante. Yo ya había empezado a llorar porque todos aquellos perros y gatos estaban solos. No había nadie que los quisiera, al menos de momento, y yo tenía que elegir de entre todos ellos quien me acompañara de vuelta a casa. Recuerdo que pensé lo injusto que era para todos los que no eligiera. Lloré tanto durante las dos horas que estuvimos allí... 

Pero ella fue la primera que me tocó. Me lamió la mano con su morrete precioso y pareció que me sonreía con los ojos. Tenía tantas ganas de jugar, de salir de allí... Dimos vueltas y vueltas, y al final el destino nos llevó a esa primera perrita que nos enamoró a ambos nada más verla. Dicen que no hay nada como las primeras impresiones.

Desde ese día comparte nuestra casa. Y desde hace poco también nuestro sofá y nuestra cama. Cómo negárselo con lo que la queremos... Y sólo puedo pensar que el mismo cariño que le profeso a ella soy perfectamente capaz de profesárselo a cualquier otra criatura inocente. Igual que a Zafiro, al que adoro. E igual que a Ulises y Teo, mis primeros hermanos. 

Porque realmente no me hace falta tener 101 razones para ser vegana; me basta con cuatro. Tres gatos y una perra que me han acompañado desde que era pequeña. Que me han querido, que me han hecho reír y llorar. Que me han dado lo mejor de sí mismos y que me han hecho ser mejor persona cada día. 

Ellos tienen la culpa de que en parte sea como soy. Lo mínimo que puedo hacer por todos los que no abrazaré nunca es respetarlos y quererlos como he podido abrazar y querer a mis propios compañeros.

martes, 16 de diciembre de 2014

Mis dos primeras semanas como vegana

Sin darme apenas cuenta han pasado dos semanas completas. Hace 15 días comenzó mi nueva vida y me sorprende mucho que las cosas han sido mucho más fáciles de lo que esperaba. Me preocupé tanto al principio...

Una de las cosas que más nerviosa me ponía era contarlo. Me temía los comentarios de mis amigos, y me asustaban también las posibles reacciones de mis familiares más directos. Sin embargo, todo eso pasó con "relativa" normalidad. Sí que es verdad que me encontré con ironías, con mensajes que eran más de sarcasmo que de apoyo... Pero la verdad es que fueron los que menos. En general creo que he pasado más o menos desapercibida, y aunque muchos ya conocen la decisión que he tomado, tampoco he querido convertirlo en el tema de conversación predominante, por lo que me han dejado bastante en paz. 

Hasta ese 30 de noviembre que fue el final de mi vida de omnívora la carne no era ni mucho menos mi plato favorito. Comía muy poca, y muchas veces porque la tradicional pirámide nutricional lo exigía, y no por que me apeteciera. El pescado, no obstante, era diferente, pues siempre me ha gustado mucho más. De todas formas, el consumo de ambos era irrelevante en relación a los huevos y la leche. Los lácteos han sido mi perdición siempre: seguramente habré bebido más de un litro diario desde que tengo memoria, y estoy segura de que incluso antes también lo hacía. Cuando no era leche, sin más, era yogur, y cuando no, queso. Igual daba... 

Y de pronto me despierto un día y me doy cuenta de que tengo que empezar a probar "leches vegetales". Eso fue lo más duro, el miedo a que no me gustara ninguna, porque tenía muy claro que no había vuelta atrás. O me gustaban las "nuevas" o dejaría de beber leche de por vida. Recuerdo pensar: "más te vale que les encuentres algo positivo, aunque no lo tengan, porque si no...". 

Con intención de hacerla yo en casa posteriormente, cuando decidiera cuál me resultaba más interesante y rentable, compré leche de almendras. El primer contacto con ella es extraño cuando has bebido leche de vaca toda tu vida. Es un sabor aguado, aunque no está mala en absoluto. Pero parece que "le falta algo". Estuve bebiendo esa leche durante los primeros días y me llamó mucho la atención descubrir que cada vaso que me servía me gustaba más que el anterior. Como si mi propio cuerpo estuviera deshaciéndose de su resistencia. Cuando se acabó esa, di el salto a la leche de avena, porque los copos de avena son bastante más baratos que las almendras, y para hacerla en casa económicamente sale mucho mejor. Y la leche de avena me enamoró, al menos la de esta marca concreta que os muestro en la imagen.

Descubrí con entusiasmo que me gustaba incluso más que la de vaca, lo que pensé que no podría decir nunca. Eso sí, calentita y con el Nesquick que todavía pulula por mi cocina y que tengo que acabarme antes de pasarme a otra marca diferente de cacao.

Ahora intento imitarla con mi Thermomix. Y de momento el primer ensayo fue un fracaso absoluto, y el segundo "se puede beber", pero tampoco es idéntica. Poco a poco voy a ir modificando cantidades hasta descubrir la que más me guste, porque la diferencia económica que supone hacer tu propia leche en casa es brutal.

En cuanto a los huevos, no los echo de menos salvo en el ámbito de la repostería. Es una lástima que todavía no haya algo parecido que podamos utilizar para reemplazarlos, pero teniendo en cuenta que hay millones de cosas que sí que se pueden hacer sin ellos, tampoco me voy a echar a llorar. Es un reto culinario demasiado interesante como para entristecerse.

De momento en mi cocina sigue habiendo comida animal. En quince días todavía no he "vaciado la despensa". Como mi pareja no ha dado el paso, él está comiendo lo que compramos antes de tomar la decisión. No sé qué pasará después, cuando sus víveres cárnicos y lácteos se acaben. Quizá se anime a adoptar el mismo estilo de alimentación, o quizá no, pero es una decisión demasiado importante como para que nadie se sienta presionado. La verdad es que la cocina vegana es creativa, fácil, un poco rara al principio, hasta que conoces esos ingredientes extraños que echan para atrás a todo el mundo de primeras, como el tofu - que de momento ni fú ni fá - o el seitán - que me encantó, pasando por las algas o las cientos de semillas que existen. Pero esas rarezas son las que la hacen encantadora. Aprender todo esto me está resultando tan bonito y al mismo tiempo tan estimulante que las dos semanas han pasado como si nada.

¿Quién podría comer todos los días lo mismo, con tanta variedad como hay? No hay que centrarse en lo que la comida vegana elimina, sino en todas las cosas nuevas que nunca habías probado porque te limitabas a unos cuantos tipos de alimentos. Cosas nuevas que además están, en su mayoría, muy ricas. Es como viajar y probar comidas de otras culturas... 

Estos días he tenido dos sentimientos encontrados cuya confluencia ha sido muy reveladora: el primero tuvo cabida uno de los primeros días, pues me sentí como cuando me independicé: sabiendo que empezaba una nueva vida estupenda pero al mismo tiempo con nostalgia y miedo a lo desconocido, temiendo dar un paso en falso, con tentaciones de echarme atrás y volver a la protección de lo que ya conocía. El segundo, cuando me di cuenta de que todo eso no era otra cosa que el inicio de una aventura, y como tal tenía que tomármelo. Como un viaje que no ha hecho más que empezar.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Earthlings. El infierno en la Tierra.


He aquí el infierno. El Gran Holocausto. El espejo en el que el ser humano se mira para descubrir que es el ser más espantoso que habita sobre el planeta Tierra. He aquí la madre de tantos veganos que han nacido de nuevo tras la visión de esta atrocidad.

Hoy hace dos semanas justas que tomé la decisión que ha cambiado mi vida - y aunque pensaba que notaría mucho el cambio, lo cierto es que no ha sido para tanto, ni mucho menos - y quiero dejar constancia del porqué. 

Este documental es tan terrible que la advertencia de que puede "herir la sensibilidad" se queda muy corta. Si os atrevéis a verlo, preparad los pañuelos. Respirad hondo. Hacedlo cómodos, en pijama, en un momento del día en el que podáis estar tranquilos para poder levantaros a mitad y caminar por la casa, despacio, mientras controláis vuestra ansiedad y vuestro llanto. O no lo veáis. Mejor no lo veáis. Al menos no lo hagáis si no lleváis intención de cambiar, porque es difícil no hacerlo después de ver algo así. 

No puede haber "tentaciones" ni "vuelta atrás" después de esto. 
No puede haber "dudas".
Sólo quedan las ganas de cambiar el mundo.
La necesidad de ser una persona distinta.
El inevitable paso al veganismo.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Entrevista a Alberto Peláez, atleta vegano: "No como animales"



Es difícil, cuando estás programado desde niño para confiar en una pirámide nutricional, cambiar de repente tus hábitos y adentrarte en un sendero que muchos creen peligroso. Da la sensación de que te vas a caer, de que no hay asideros. Sin embargo, Alberto Peláez y muchos otros deportistas han transitado previamente por esos caminos que algunos imaginan llenos de peligros, y han llegado al otro lado mucho mejor de lo que ellos mismos esperaban. Lo cierto es que las dudas y el miedo nos acompañan a todos aquellos que, de pronto, nos damos cuenta de que no queremos seguir colaborando con las atrocidades que se cometen cada segundo en los mataderos de medio mundo. Pero luego llegan las sorpresas, cuando descubres que todas las advertencias que recibes de alrededor son prejuicios... porque nunca te has encontrado mejor que en esta nueva forma de vida.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Pan integral de espelta y centeno con semillas, de Ana Moreno

Una de las primeras cosas que me puse a buscar después de decidir cambiar mi alimentación fue cómo podía prepararme yo misma el pan integral y cuáles eran los mejores ingredientes para ello. Hasta la semana pasada eran habituales en casa los paquetes de pan de molde, así como las típicas y cotidianas barras de pan. Tenemos un pequeño tostador y nos encanta hacernos tostadas con mermelada o con tomate triturado. 

Sin embargo, tras dar el paso, pensé que algunas cosas tenían que cambiar. Me propuse no volver a comer pan que no hubiera preparado yo misma, pues no se puede estar seguro de lo que contienen, ya que muchos llevan leche o huevos, y que ya que me iba a poner a ello, por lo menos tenía que asegurarme de dos cosas: primero, que fuera sencillo de preparar y que pudiera adaptar una receta manual a mi panificadora para hacerme la vida más fácil. Segundo, que las harinas fueran integrales y ecológicas, y que no llevara ingredientes difíciles de encontrar.

Por fuera, semillas de lino...
En mi búsqueda estaba cuando me topé con la receta de Ana Moreno, una reconocida nutricionista vegetariana que protagoniza la sección 100% Vegetal de Canal Cocina. El pan no podía ser más sencillo. Me preocupó el tiempo de levado - que en cualquier masa se hace un poco pesado, teniendo en cuenta que con nuestro ritmo de vida resulta un poco trepidante - y también el tiempo de horno, pues no sabía si en mi panificadora quedaría igual de bien. 

Lo hice, pues, en la panificadora, pero estando pendiente. Me preocupé de darle forma cuando terminó de amasar y de quitarle las palas amasadoras antes de que levara para que no se rompiera al sacarlo después. Y he de decir que, quitando ese par de momentos que hay que acercarse y "ayudar", el resto se hace solo y el resultado es espectacular. Algún día que tenga más tiempo lo prepararé tal cual dice Ana, en el horno, pero por el momento su receta me ha salvado los desayunos. Os enseño, pues, cómo se hace, aunque la receta está sacada directamente de la web de Canal Cocina (con ligeras adaptaciones por mi parte).


PAN INTEGRAL  DE ESPELTA Y CENTENO CON SEMILLAS

Ingredientes:

Por dentro, pipas de cabalaza...
  • 250 gr de harina integral de centeno
  • 250 gr de harina integral de espelta
  • 375 ml de agua templada a unos 40º (yo pongo agua caliente y ya está, que luego la panificadora se encarga de darle la temperatura ideal)
  • 1 sobre de levadura de panadería
  • 1 cucharada de sal
  • Semillas: lino, pipas de calabaza, pipas de girasol, sésamo...

Elaboración: 

La receta original de Ana Moreno la podéis encontrar directamente en el enlace, así que yo simplemente voy a explicar los pasos que sigo en la panificadora:
  1. Pongo todos los ingredientes - dejando parte de las semillas para ponerlas luego en la parte superior - en el recipiente de la panificadora.
  2. Programo para un pan integral, de 1kg de peso, y corteza dorada. Dejo que comience a calentar.
  3. Cuando empieza a mezclar, me acerco con una cuchara para ayudar un poco, porque queda la masa un poco pegajosa. Dejo que siga amasando y que después haga el primer levado.
  4. Cuando vuelve a amasar, la dejo hacer tranquilamente. Cuando termina, mi panificadora (la del Lidl) pita para que le añadamos si queremos algún ingrediente más. La ignoro hasta que se para de nuevo para el segundo levado. Ahí es cuando mojo la cuchara con agua para que no se pegue la masa, retiro las palas amasadoras y aplano la masa para que quede con la forma que quiero.
  5. Pongo el resto de las semillas decorando la superficie.
  6. Cuando termina de levar, vuelve a "intentar" mezclar la masa, pero como he quitado las palas amasadoras la forma ya no se pierde, así que yo ya paso de todo hasta que acaba. 

Espero que probéis a hacerlo, de una manera o de otra, porque de verdad que está muy rico. Y si no encontráis las harinas, probad en tiendas ecológicas especializadas. Merece la pena, porque sientan bastante mejor que la harina de trigo.

Yo probaré a ir cambiando las semillas, añadiré cereales y otras cosas... Y ya os iré contando qué tal salen los experimentos.